En otro tiempo era el vino predilecto de artistas y aventureros, pero a mitad del siglo pasado el vino de Valdepeñas se comenzó a servir en jarras de sangría barata para turistas low-cost. ¿Qué es lo que falló? Hace un año, en una nueva campaña de marketing, la denominación adoptó el eslogan “Vinos con historias que contar”, y la caída en desgracia de los vinos de la región es una historia que merece ser contada.

Alfonso insistió en salir pronto para lo que es sólo un viaje de dos horas en dirección sur desde Madrid. Desperté su interés cuando mencioné que me gustaría escribir algo sobre su pueblo natal, “conozco justo a las personas con quien tenemos que hablar” dijo él, y un par de llamadas después todo estaba organizado.

Mi suegro, como muchos españoles, está orgulloso de sus raíces. Recuerdo una comida familiar en la que pidió una botella de Valdepeñas. Cuando el camarero le preguntó si no quería “¿algo mejor… como Rioja o Ribera?”, él educadamente insistió, antes de murmurar “¡gilipollas!” mientras el camarero volvía a la cocina. A todos nos hizo mucha gracia en su momento, pero noté que este insulto a su Patria le había dolido y había que ajustar cuentas.

alfonso
Alfonso, mi suegro

Dejando atrás Madrid y conduciendo por las llanuras casi perfectamente planas de La Mancha, me sentía un poco decepcionado al no ser capaz de fotografiar los polvorientos paisajes que simbolizan la zona: después de unas inusuales lluvias en marzo, la Meseta central parece más la Provenza que los paisajes descritos por Cervantes en las aventuras de su excéntrico caballero. Mi decepción desapareció momentáneamente cuando ví un pastor con su gorro y un pequeño rebaño de ovejas, pero lo perdimos en un pestañeo antes que me diera tiempo a sacar la cámara.

Sin oportunidad de hacer fotos, le pregunté a Alfonso cómo había sido crecer en un pueblo pequeño de La Mancha. Hay alegres recuerdos, escapadas de niñez y viejos lugares. Sus abuelos tenían unas tierras y durante la vendimia, me cuenta cómo solía subirse a los carros que llevaban las uvas a las bodegas. En muchos sentidos parece idílico, pero fueron también tiempos difíciles, y su familia tuvo que trasladarse a Madrid por trabajo cuando tenía diez años.

Llegamos obviamente pronto y, sin señales de nuestro guía, Alfonso decide que es hora de ir a una churrería que conoce. Ya habíamos parado para un segundo desayuno en la preciosa Plaza de Tembleque, pero la importancia de comer bien no puede ser subestimada por mi suegro; este hombre es probablemente el único que haya engordado haciendo el Camino de Santiago. Al llegar a cualquier sitio su principal preocupación es “¿y dónde vamos a comer?” Fiel a sus costumbres, cuando por fin nos encontramos con Juan Megía, es la segunda pregunta que le hace.

Tembleque
La preciosa Plaza de Tembleque

Juan, ahora jubilado, trabajó como ingeniero agrónomo durante décadas con productores locales, a la vez que trabajaba sus propias tierras. Fue testigo de primera mano de la labor de las viejas bodegas y del surgimiento de las nuevas, y para ayudarnos a entenderlo nos lleva al magnífico Museo del Vino de la ciudad.

Escuchando las descripciones de Juan sobre los rudimentarios métodos y labores de las viejas bodegas, es tentador pensar que bajo tales condiciones un buen vino habría sido más un feliz accidente que un gran diseño, pero algunos retoques aparte, así es como todos recuerdan que se hacía. Así que o los gustos cambiaron drásticamente o algo más condujo a la región a caer en desgracia.

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Juan, frente a uno de los carros como los que Alfonso solia subirse

Valdepeñas ya era una urbe importante para el gobierno, pero cuando el tren llegó en 1861 alcanzó su apogeo. En 1890, diariamente, el “tren del vino” hacía todo lo posible para aplacar la sed insaciable de los españoles de la capital. Pronto, otras rutas costeras se establecieron para facilitar que la exportación alcanzara los confines del Imperio, con lo que la conquista del mundo estaba asegurada o eso parecía.

Dejando a un lado las pésimas condiciones en que se transportaba y almacenaba el vino, por no mencionar el inevitable deterioro que la sobreproducción acarrea, algo mucho más siniestro que un tren iba a abrirse camino hacia la ciudad: la filoxera. Este insecto, que ya había convertido el resto de los viñedos de Europa en cementerios de viñas, ya se dirigía a Valdepeñas. Irónicamente, no fue el poder destructivo de este bichito lo que finalmente provocó el mayor daño a la reputación de la región, sino una decisión tomada después que tendría consecuencias negativas durante años.

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Tinajas en la antigua bodega de Leocadio Morales que ahora es parte del museo

En lo que se confirmaría como un acto autolesivo muy corto de miras, los productores locales replantaron la mayoría de sus viñedos marchitos con una variedad de crecimiento más fácil, Airén. Más sencilla de cultivar, más dura y dos veces más productiva que la cosecha Tempranillo, la variedad de uva blanca pareció una opción inteligente salvo por un importante detalle: ¡producía un vino espantoso!

Digo “producía” porque nuevas técnicas en la elaboración del vino han hecho posible convertir Airen en algo más que decente, pero hace un siglo su principal uso era la elaboración de destilados. En Valdepeñas se mezclaba con tinto; produciendo un vino que Hugh Johnson describió en 1966 como “pálido y aguado, como Beaujolais ¡pero sin su encanto!”

Alfonso recuerda beber esos vinos de joven en las tabernas de Madrid. Un chato (vaso pequeño y corto) costaba sólo una peseta, pero no esperes historias de botellas polvorientas y vinos finos; este era “vino de hombres” e incluso el más fuerte de ellos solía añadir gaseosa para hacerlo bebible. Así, la región que se había labrado un nombre produciendo buenos vinos tintos para el Señorito español se estaba diluyendo y vendiendo en vagones de carga. Sorbo a sorbo el buen nombre de Valdepeñas se estaba yendo por el desagüe…

En una de esas largas comidas españolas donde la comida no para de llegar, Juan nos cuenta que sólo había dos tipos de vino tinto “los que disfruto bebiendo y los que no”, por suerte la botella de vino que tenemos casi vacío en la mesa entra dentro de la primera categoría.

¿Pero qué demonios es esto?  Observando el vino contundente que tengo delante os perdonaría por pensar que todo lo que he contado aquí sobre el Valdepeñas fuera mentira, de hecho, probablemente queréis denunciarme por farsante.

Porque este Tempranillo con cuerpo, y con su sutil aroma a vainilla de roble envejecido está tan lejos del pálido y aguado licor que sólo era digno de servirse con hielo y un chorrito de limón o naranja, que no puede ser del mismo lugar. De hecho, si pensases en echarle hielo o cualquier otra cosa, entonces sería yo el que te denunciaré por herejía.

Esto es muy bueno. Así que entonces ¿de dónde viene?

Como si me hubiera leído la mente, Juan ha organizado una visita al sitio exacto; una bodega familiar de la zona, donde él compra su vino.

De camino a la bodega pasamos la enorme bodega de Los Llanos, sólo reconocible por los carteles de la valla metálica. Todo lo que realmente puede verse desde el coche son decenas de tanques de acero inoxidable que casi tocan el cielo, como si una nave extraterrestre hubiera decidido aterrizar en mitad del llano. Si Don Quijote estuviera cabalgando con nosotros, habría cargado contra estos alienígenas invasores de inmediato.

Por suerte, la pequeña bodega de Miguel Calatayud tiene una apariencia mucho más acogedora. Nos espera a la puerta Valentín, cuyo bisabuelo empezó a hacer vino en 1920. La bodega actual se construyó unos cuarenta años más tarde y, tan pronto como empezamos a mirar alrededor, inmediatamente nos percatamos que aquí hay algo diferente.

En la pequeña bodega, el pasado y presente de Valdepeñas se dan la mano. Por suerte, han decidido mantener las tinajas de arcilla que representan una parte importantísima de la herencia de la región, pero descansan al lado de las nuevas barricas de roble americano y francés, usadas para envejecer la Crianza que disfrutamos en la comida.

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Valentin con las barricas de roble americano y francés que usa la bodega para envejecer sus vinos

Valdepeñas llegó tarde a la nueva ola productora de vino. Imagino que se debe, en buena medida, al empecinamiento castellano sobre el “cómo se hacen las cosas” Hace tiempo dejé de hacer chapuzas con Alfonso, puesto que se niega en rotundo a la idea de que hay cosas que pueden hacerse de formas que no son la suya. Así, puedo imaginar perfectamente la absoluta hostilidad que mostraron hacia las ideas llegadas desde el nuevo mundo. Después de todo, ¿qué demonios podrían enseñarnos esos yanquis y australianos sobre hacer vino?

Así que tuvieron que darse cuenta con envidia durante un sorbo de esas nuevas creaciones, que “de hecho… está… mejor”

Pero justo esas palabras dieron lugar a una nueva era y un nuevo comienzo para la región. Las viejas tinajas, que se habían convertido en el símbolo de la ciudad, fueron poco a poco reemplazadas por el moderno equipamiento brillante. Tempranillo de nuevo comenzó a dominar el paisaje y las bodegas locales, como la de Valentín, no tardaron mucho en aparecer con vinos que ganarían premios por todo el mundo.

Si hay una nota triste sobre este resurgimiento, es que de las casi 200 bodegas que existían en los días que circulaba el tren, sólo unas pocas han sobrevivido. La mayoría no consiguieron abordar la brutal inversión que se requería cuando la revolución llegó, y ahora la producción está dominada por tres grandes empresas, una de las cuales hemos pasado en el camino.

Los errores del pasado iban a pesar mucho. La denominación tiene mucho trabajo para recuperarse de casi un siglo de mala suerte, malas decisiones, y todo sea dicho, de malos vinos; pero ahora, Valdepeñas está produciendo probablemente uno de los mejores vinos Tempranillo de España. Ya sea Crianza, Reserva, o Gran Reserva, suelen ser de una relación calidad precio sin rival, y seguramente el precio pronto subirá con la nueva generación de bebedores que, sin los perjuicios del pasado, comenzarán a descubrir esta región poco valorada.

Ya en el camino de vuelta salimos de la ciudad donde el pasado y presente se juntan en la carretera que brevemente sigue las vías del tren que hace años iba cargado de vino. Con la Crianza de Valentín en el maletero, mi suegro parece satisfecho con nuestro día de trabajo.

Así que la próxima vez que un camarero pregunte “¿Rioja o Ribera?”, puede que yo siga el ejemplo de Alfonso. Valdepeñas sí que tiene una historia que contar, y los que la quieran oír se verán gratamente recompensados.

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