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Loco por las uvas

In English

Si estás interesado en estudiar sobre el vino, no tardarás en dar con Hugh Johnson: el autor sobre viticultura más vendido en todo el mundo. Su primer libro, titulado simplemente “Vino”, fue publicado en 1966 y posteriores ediciones lo han convertido en el omnipresente “Atlas Mundial del Vino”, en colaboración con Jancis Robinson. Aunque ahora parezca increíble, en el libro original puedes pasar por páginas enteras, que cubren vastas regiones y no encontrar más que fugaces menciones a una variedad de uva. Adelantándonos medio siglo; tal es el auge del interés en la humilde uva que los textos actuales contienen largas listas parecidas a las tablas de verbos Latinos.

¿Aburrido de la nada inspiradora Chardonnay y de la rutinaria Syrah? No te preocupes más… ¿Por qué no probar una copa de Ondarribi Beltza o qué tal una botella de Espadeiro?

En las afueras de Madrid existe un lugar donde se toman muy en serio sus uvas y han amasado, ellos solos, una colección de más de mil variedades de uva de vino, además de muchas más que son aptas para cualquier cesta de frutas. Así que cuando me invitaron a ir y cotillear, no lo pensé dos veces.

“Finca El Encín” es la casa de una colección de viñas que datan del año 1893, cuando un riojano llamado Víctor Cruz Manso de Zúñiga, vaticinando el grave riesgo que la filoxera representaba para la herencia de la viticultura de España, empezó a catalogar y preservar las viñas. Durante el siguiente siglo mientras crecía la colección, esta tuvo que sobrevivir a varias mudanzas, dos incendios, y lo más peligroso de todo, la estupidez humana. Pero sobrevivió y ahora ocupa más de 15 hectáreas. Hoy, sirve como un importante recurso para todos, desde agricultores locales hasta la NASA, quien recientemente se ha interesado en sus archivos como parte de un estudio sobre el calentamiento global.

Habiéndoseme mostrado el museo al aire libre por el ingeniero agrónomo, Félix Cabello, me permiten moverme libremente por el viñedo, recorro un laberinto de viñas con misteriosos y mágicos nombres como Ondarrabi Zuri y Caiño, todas pulcramente numeradas y ordenadas tanto por región como alfabéticamente. Pronto me percato que tardaría días en probar la abundancia de variedades, y probablemente me perdería en el intento. Pero, oh, ¡vaya sitio para perderse!

Si alguna vez tienes oportunidad de comer uvas de vino directamente de la viña, hazlo. Me sorprende inmediatamente que el fruto de vinos que conozco bien, tales como Garnacha y Tempranillo, dan sólo el mero indicio de su futuro. Otras resultan ser toda una revelación; me atrapa la variedad de Espadeiro… tanto que cuando encuentro un buen racimo me lo como entero. Aún así, algunas uvas no tienen ningún parecido: Verdejo, por ejemplo, uno mis vinos blancos favoritos, es pálida y decepcionante… ¿Dónde queda el delicioso vigor que he llegado a amar en este vino? La explicación, según Félix, está en que a parte de que su cultivo en Madrid no puede alcanzar la intensidad a la que llega en Rueda, el sabor que conocemos como Verdejo se consigue por la levadura que se usa en la fermentación.

Este es todo un mundo nuevo: si hay más de mil variedades de uva de vino y cientos de tipos de levaduras que usan para fermentarlas (cada una con sus particularidades), entonces las posibilidades para el vino son inmensas. Por suerte, para aspirantes a productores y enólogos, esta es una de las áreas de investigación de IMIDRA; que, en su propio laboratorio y micro bodega, llevan a cabo experimentos para encontrar las mejores combinaciones; el resultado de los mismos lo ponen entonces a disposición del sector comercial.

De vuelta al viñedo, voy de una fila a otra intentando imaginar cómo sabrían los vinos de cada variedad. Asombrosamente, la colección al completo casi se pierde en 1984, cuando su competencia fue otorgada a un político (jamás una buena idea en España), quien creía que el vino no era más que otra droga, y dejó que todo se pudriera. A sus espaldas, un par de trabajadores de la finca, horrorizados por la perspectiva de perder este valiosísimo recurso, trabajaron con el único tractor que quedó (a menudo a altas horas de la noche) cuidando de las viñas; una heroica proeza que, con seguridad, sería una preciosa película si llegara al despacho de algún productor de Hollywood (“Salvando Pinot Noir” ¿por ejemplo?)

Años después, cuando el sentido común y la normalidad volvieron, Félix estaba tirando basura en una de las dependencias cuando se encontró con catálogos manuscritos de la colección original. Desafortunadamente, no estaba completa, y así comenzó una investigación que le llevaría por medio país hasta por fin dar con un olvidado y polvoriento baúl. Los documentos que recuperó no le ayudaron sólo a completar el archivo histórico, también contenían el tipo de información que la NASA ha venido a buscar. Hoy, está todo expuesto en un pequeño museo, también ha sido digitalizado y está disponible para el público, así como una completa base de datos de la colección.

La amenaza de la filoxera habrá pasado, pero la viticultura tiene nuevos e importantes desafíos en el horizonte, y es el incalculable trabajo de lugares como El Encín los que ofrecen la mejor defensa ante los peligros venideros, así como proveen un importante registro de su pasado. De vuelta a casa, después de encontrar una botella de Espadeiro, brindo con una copa por los dos trabajadores, cuya dedicación a la viña ayudó a salvar esta tremenda colección.

Texto e imágenes de © 2018 Mark Alland.
Agradecimientos especiales a Félix Cabello y Teresa Arroyo.
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Valdepeñas – El Regreso

In English

En otro tiempo era el vino predilecto de artistas y aventureros, pero a mitad del siglo pasado el vino de Valdepeñas se comenzó a servir en jarras de sangría barata para turistas low-cost. ¿Qué es lo que falló? Hace un año, en una nueva campaña de marketing, la denominación adoptó el eslogan “Vinos con historias que contar”, y la caída en desgracia de los vinos de la región es una historia que merece ser contada.

Alfonso insistió en salir pronto para lo que es sólo un viaje de dos horas en dirección sur desde Madrid. Desperté su interés cuando mencioné que me gustaría escribir algo sobre su pueblo natal, “conozco justo a las personas con quien tenemos que hablar” dijo él, y un par de llamadas después todo estaba organizado.

Alfonso – The father-in-law

Mi suegro, como muchos españoles, está orgulloso de sus raíces. Recuerdo una comida familiar en la que pidió una botella de Valdepeñas. Cuando el camarero le preguntó si no quería “¿algo mejor… como Rioja o Ribera?”, él educadamente insistió, antes de murmurar “¡gilipollas!” mientras el camarero volvía a la cocina. A todos nos hizo mucha gracia en su momento, pero noté que este insulto a su Patria le había dolido y había que ajustar cuentas.

Dejando atrás Madrid y conduciendo por las llanuras casi perfectamente planas de La Mancha, me sentía un poco decepcionado al no ser capaz de fotografiar los polvorientos paisajes que simbolizan la zona: después de unas inusuales lluvias en marzo, la Meseta central parece más la Provenza que los paisajes descritos por Cervantes en las aventuras de su excéntrico caballero. Mi decepción desapareció momentáneamente cuando ví un pastor con su gorro y un pequeño rebaño de ovejas, pero lo perdimos en un pestañeo antes que me diera tiempo a sacar la cámara.

Sin oportunidad de hacer fotos, le pregunté a Alfonso cómo había sido crecer en un pueblo pequeño de La Mancha. Hay alegres recuerdos, escapadas de niñez y viejos lugares. Sus abuelos tenían unas tierras y durante la vendimia, me cuenta cómo solía subirse a los carros que llevaban las uvas a las bodegas. En muchos sentidos parece idílico, pero fueron también tiempos difíciles, y su familia tuvo que trasladarse a Madrid por trabajo cuando tenía diez años.

Llegamos obviamente pronto y, sin señales de nuestro guía, Alfonso decide que es hora de ir a una churrería que conoce. Ya habíamos parado para un segundo desayuno en la preciosa Plaza de Tembleque, pero la importancia de comer bien no puede ser subestimada por mi suegro; este hombre es probablemente el único que haya engordado haciendo el Camino de Santiago. Al llegar a cualquier sitio su principal preocupación es “¿y dónde vamos a comer?” Fiel a sus costumbres, cuando por fin nos encontramos con Juan Megía, es la segunda pregunta que le hace.

Juan, ahora jubilado, trabajó como ingeniero agrónomo durante décadas con productores locales, a la vez que trabajaba sus propias tierras. Fue testigo de primera mano de la labor de las viejas bodegas y del surgimiento de las nuevas, y para ayudarnos a entenderlo nos lleva al magnífico Museo del Vino de la ciudad.

Escuchando las descripciones de Juan sobre los rudimentarios métodos y labores de las viejas bodegas, es tentador pensar que bajo tales condiciones un buen vino habría sido más un feliz accidente que un gran diseño, pero algunos retoques aparte, así es como todos recuerdan que se hacía. Así que o los gustos cambiaron drásticamente o algo más condujo a la región a caer en desgracia.

Valdepeñas ya era una urbe importante para el gobierno, pero cuando el tren llegó en 1861 alcanzó su apogeo. En 1890, diariamente, el “tren del vino” hacía todo lo posible para aplacar la sed insaciable de los españoles de la capital. Pronto, otras rutas costeras se establecieron para facilitar que la exportación alcanzara los confines del Imperio, con lo que la conquista del mundo estaba asegurada o eso parecía.

Dejando a un lado las pésimas condiciones en que se transportaba y almacenaba el vino, por no mencionar el inevitable deterioro que la sobre producción acarrea, algo mucho más siniestro que el tren iba a abrirse camino hacia la ciudad: la filoxera. Este insecto, que ya había convertido el resto de los viñedos de Europa en cementerios de viñas, ya se dirigía a Valdepeñas. Irónicamente, no fue el poder destructivo de este bichito lo que finalmente provocó el mayor daño a la reputación de la región, sino una decisión tomada después que tendría consecuencias negativas durante años.

En lo que se confirmaría como un acto autolesivo muy corto de miras, los productores locales replantaron la mayoría de sus viñedos marchitos con una variedad de crecimiento más fácil, Airén. Más sencilla de cultivar, más dura y dos veces más productiva que la cosecha Tempranillo, la variedad de uva blanca pareció una opción inteligente salvo por un importante detalle: ¡producía un vino espantoso!

Digo “producía” porque nuevas técnicas en la elaboración del vino han hecho posible convertir Airen en algo más que decente, pero hace un siglo su principal uso era la elaboración de destilados. En Valdepeñas se mezclaba con tinto; produciendo un vino que Hugh Johnson describió en 1966 como “pálido y aguado, como Beaujolais ¡pero sin su encanto!”

Alfonso recuerda beber esos vinos de joven en las tabernas de Madrid. Un chato (vaso pequeño y corto) costaba sólo una peseta, pero no esperes historias de botellas polvorientas y vinos finos; este era “vino de hombres” e incluso el más fuerte de ellos solía añadir gaseosa para hacerlo bebible. Así, la región que se había labrado un nombre produciendo buenos vinos tintos para el Señorito español se estaba diluyendo y vendiendo en vagones de carga. Sorbo a sorbo el buen nombre de Valdepeñas se estaba yendo por el desagüe…

En una de esas largas comidas españolas donde la comida no para de llegar, Juan nos cuenta que sólo había dos tipos de vino tinto “los que disfruto bebiendo y los que no”, por suerte la botella de vino que tenemos casi vacío en la mesa entra dentro de la primera categoría.

¿Pero qué demonios es esto?  Observando el vino contundente que tengo delante os perdonaría por pensar que todo lo que he contado aquí sobre el Valdepeñas fuera mentira, de hecho, probablemente queréis denunciarme por farsante.

Porque este Tempranillo con cuerpo, y con su sutil aroma a vainilla de roble envejecido está tan lejos del vino que describió Hugh Johnson, que no puede ser del mismo lugar.

Esto es muy bueno. Así que entonces ¿de dónde viene?

Como si me hubiera leído la mente, Juan ha organizado una visita al sitio exacto; una bodega familiar de la zona, donde él compra su vino.

De camino a la bodega pasamos la enorme bodega de Los Llanos, sólo reconocible por los carteles de la valla metálica. Todo lo que realmente puede verse desde el coche son decenas de tanques de acero inoxidable que casi tocan el cielo, como si una nave extraterrestre hubiera decidido aterrizar en mitad del llano. Si Don Quijote estuviera cabalgando con nosotros, habría cargado contra estos alienígenas invasores de inmediato.

Por suerte, la pequeña bodega de Miguel Calatayud tiene una apariencia mucho más acogedora. Nos espera a la puerta Valentín, cuyo bisabuelo empezó a hacer vino en 1920. La bodega actual se construyó unos cuarenta años más tarde y, tan pronto como empezamos a mirar alrededor, inmediatamente nos percatamos que aquí hay algo diferente.

En la pequeña bodega, el pasado y presente de Valdepeñas se dan la mano. Por suerte, han decidido mantener las tinajas de arcilla que representan una parte importantísima de la herencia de la región, pero descansan al lado de las nuevas barricas de roble americano y francés, usadas para envejecer la Crianza que disfrutamos en la comida.

Valentín – Bodegas Miguel Calatayud

Valdepeñas llegó tarde a la nueva ola productora de vino. Imagino que se debe, en buena medida, al empecinamiento castellano sobre el “cómo se hacen las cosas” Hace tiempo dejé de hacer chapuzas con Alfonso, puesto que se niega en rotundo a la idea de que hay cosas que pueden hacerse de formas que no son la suya. Así, puedo imaginar perfectamente la absoluta hostilidad que mostraron hacia las ideas llegadas desde el nuevo mundo. Después de todo, ¿qué demonios podrían enseñarnos esos yanquis y australianos sobre hacer vino?

Así que tuvieron que darse cuenta con envidia durante un sorbo de esas nuevas creaciones, que “de hecho… está… mejor”

Pero justo esas palabras dieron lugar a una nueva era y un nuevo comienzo para la región. Las viejas tinajas, que se habían convertido en el símbolo de la ciudad, fueron poco a poco reemplazadas por el moderno equipamiento brillante. Tempranillo de nuevo comenzó a dominar el paisaje y las bodegas locales, como la de Valentín, no tardaron mucho en aparecer con vinos que ganarían premios por todo el mundo.

Si hay una nota triste sobre este resurgimiento, es que de las casi 200 bodegas que existían en los días que circulaba el tren, sólo unas pocas han sobrevivido. La mayoría no consiguieron abordar la brutal inversión que se requería cuando la revolución llegó, y ahora la producción está dominada por tres grandes empresas, una de las cuales hemos pasado en el camino.

Los errores del pasado iban a pesar mucho. La denominación tiene mucho trabajo para recuperarse de casi un siglo de mala suerte, malas decisiones, y todo sea dicho, de malos vinos; pero ahora, Valdepeñas está produciendo probablemente uno de los mejores vinos Tempranillo de España. Ya sea Crianza, Reserva, o Gran Reserva, suelen ser de una relación calidad precio sin rival, y seguramente el precio pronto subirá con la nueva generación de bebedores que, sin los perjuicios del pasado, comenzarán a descubrir esta región poco valorada.

Ya en el camino de vuelta salimos de la ciudad donde el pasado y presente se juntan en la carretera que brevemente sigue las vías del tren que hace años iba cargado de vino. Con la Crianza de Valentín en el maletero, mi suegro parece satisfecho con nuestro día de trabajo.

Así que la próxima vez que un camarero pregunte “¿Rioja o Ribera?”, puede que yo siga el ejemplo de Alfonso. Valdepeñas sí que tiene una historia que contar, y los que la quieran oír se verán gratamente recompensados.

Agradacimientos a Alfonso, Juan y Valentín
Palabras y imagenes Mark Alland ©2018
Traducción: Ana Mª Serrano
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Mad About The Grapes

En Español

If you are interested in learning about wine then it won’t be long before you come across Hugh Johnson: the world’s biggest-selling wine writer. His first book, simply titled  Wine, was published back in 1966, and later editions metamorphised into the now ubiquitous World Atlas of Wine, in collaboration with Jancis Robinson. Incredible as it now seems, in the original book you can go for pages, cover vast regions, and yet find no more than a fleeting mention of a grape variety. Fast forward half a century and such is the current interest in the humble grape that today’s tomes come with lengthy lists akin to Latin verb tables.

Bored of uninspiring Chardonnay and routine Shiraz? Worry no more… why not try a glass of Ondarrabi Beltza or how about a bottle of Espadeiro?

On the outskirts of Madrid is a little-known place where they take their grapes very seriously and have amassed a collection of more than a thousand wine varieties alone, plus a good deal more that are apt for the fruit basket. So when I was invited to come and nose around, I didn’t stop to think twice.

Finca “El Encín” is the current home of a vine collection that dates back to 1893 when a Riojano named  Víctor Cruz Manso de Zuñiga,  foreseeing the grave threat that phylloxera posed to Spain’s viticultural heritage, first set about trying to catalog and preserve it. Over the following century as the collection grew it had to survive several moves, two fires and, most dangerous of all, human stupidity. But survive it did, and now occupies over 15 acres. Today, it serves as an important resource to everyone from local growers to NASA, who recently took an interest in its archives as part of their research into global warming.

Having been shown around the outdoor museum by agronomic director Félix Cabello, I’m allowed to roam free in the vineyard, home to a labyrinth of vines with mysterious and magical names like Ondarrabi Zuri and Caiño, each neatly numbered, and ordered both regionally and alphabetically. Walking along the rows, I soon realise that it would take days to taste the abundance of varieties, and would probably even get lost in the process. But, oh, what a place to get lost in!

If you ever have the opportunity to pluck wine grapes straight from the vine, then do. I’m immediately surprised that the fruit of wines that I know well, such as Garnacha and Tempranillo, give but the merest hint of their future selves. Others prove to be a revelation; I’m quite taken with Espadeiro… so much so that when I find a decent bunch I end up eating the whole lot. Still, some bare no resemblance whatsoever: Verdejo, for instance, one of my favourite Spanish white wines, is pale and disappointing… where is the delicious zestiness that I’ve come to love about the wine? The explanation, according to Félix, is that aside from the fact that grown in Madrid it can’t reach the same intensity as it does in Rueda, the taste that we know as Verdejo is largely achieved by the yeasts that are used in fermentation.

This is a whole new world: if there are more than a thousand wine grape varieties and hundreds of strains of yeast that can be used to ferment them (each with its own peculiarities), then the possibilities for potential wines are vast. Luckily for aspiring growers and oenologists, this is one of the areas that IMIDRA investigate in their on-site laboratory and micro-winery, conducting small-scale experiments to find the best combinations, the results of which are then made available to the commercial sector.

Back in the vineyard, I go from one row to another trying to imagine what a wine from each variety would taste like. Astonishingly, the entire collection was nearly lost in 1984 when its jurisdiction was handed over to a politician (never a good idea in Spain), who believing wine to be an evil vice, left it all to rot. Unbeknown to him, a couple of the estate’s workers, horrified at the prospect of losing such a priceless resource, worked with the one remaining tractor (often late into the night) to tend the vines; a heroic feat which would surely make a beautiful film if it was ever to reach the desk of a Hollywood producer (Saving Pinot Noir perhaps?)

Years later, after common sense and normality had returned, Félix was throwing away rubbish in an outbuilding when he stumbled upon the handwritten catalogs of the original collection. Unfortunately, it was not complete, and so began an investigation that would take him halfway across the country before eventually leading to a forgotten trunk in a dusty attic. The documents recovered not only helped to complete the historical archive, but they also contained the kind of information that NASA came looking for. Today, it is all on display in a small museum and has also been digitized and made available to the public, along with the entire database of the collection.

The threat of phylloxera may have passed, but viticulture has new and greater challenges on the horizon, and it is the invaluable work of places like El Encín that offer its best defense against the dangers to come, as well as providing an important record of its past. Back home, having managed to finally source a bottle of Espadeiro, I raise a glass to the workers whose dedication to the vine helped save this tremendous collection.

Words and images © Mark Alland 2018.
Special thanks to Félix Cabello and Teresa Arroyo.
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Spring is in the air

En Español

What is it that tells you that spring is on its way? For some it may be the first signs of blossom on the almond trees or perhaps the lighter evenings. For me it is a cryptic text from my friend Martin that simply reads ‘They’re here’, accompanied by a photo of a white cardboard box. Nestled inside the box, fresh from Catalonia, are bundles of calçots.

At first glance, a calçot looks rather like a baby leek or even an overachieving spring onion, but they are actually sweet white onions that have been harvested and then replanted at the end of the summer. When the shoots start to sprout for a second time, they are plunged straight back into darkness as soil is banked up around them — a technique known as calçar in Catalan. In an effort to escape the underworld the poor onion stretches its neck further and further, eventually producing a long white stem which when cooked becomes lusciously sweet and tender.

So why the text? When I lived in England friends never took it upon themselves to send me pictures of their latest food deliveries. It is, in fact, a covert invitation: this scallion is the star of a Catalan culinary custom known as the calçotada, an event that Martin, having lived in Catalonia, is still keen to celebrate every year. As well as the calçots themselves, the other vital ingredient for a calçotada is people. It should never be undertaken by fewer than six, preferably friends (or at least people that you have no qualms about embarrassing yourself in front of – we’ll get to this). You also need an outdoor space. Views of the Pyrenees would be nice but are not requisite. In Madrid, we make do with mountains of a different sort in Martin’s garden, which appears to have been the recent victim of some rather over-zealous pruning.

Over an open fire, the calçots need to be chargrilled until they are looking almost cremated. Then, when members of the party start to complain that you have in fact burnt them (and not before), wrap them in newspaper and leave them for ten minutes. This is the ideal moment to bring out your homemade romesco sauce and open the wine.

Eslizon 2017

You could choose a wine from Catalonia, but I think there are more interesting pairings to be had. Probably the most satisfying would be a rosé from Olite, which is always a good option for al fresco eating. But this year I’ve gone a little further up the road and brought a Garnacha from Campo de Borja (Aragon). This young red is fruity with a hint of both sweetness and pepper which, to my mind, compliments the sauce fantastically. Catalan nationalists might decry such a union as sacrilege, but it’s not as if they haven’t got on together before; the marriage of Petronilla of Aragon to Raymond Berenguer IV of Barcelona in 1137 created an empire that controlled swathes of the Mediterranean for more than three centuries, so if it was good enough then…

If you are not familiar with the wine region of Campo de Borja, then you are missing out. Dominated by Garnacha, much from old vines, Campo de Borja’s slightly cooler and varied climate allows the grape to show off its more sophisticated side, producing wines with delicate, spicy aromas. Look out for wines from the Borsao co-operative – especially Tres Picos (a personal favourite), which at around €14 a bottle, can stake a strong claim to being Spain’s best value red, but is a bit too robust for today’s event.

Back to the blackened calçots patiently awaiting their end. Some people wear bibs for the next stage, but they are either wimps or value laundry over gastronomy. There might be more than one way to skin a cat, but there really is only one way to skin a calçot. Grab your scallion by its shoot and pull off the blackened outer skin in one go (if you’re lucky). Next, drown it in the romesco sauce, making sure that you dunk it under long enough for it to become well-coated. Then, arching your neck backward, hold it high above your head (much like you are going to swallow a sword) and down it goes. The sweet and creamy calçots are dangerously addictive, thus tussles are hard to avoid as once good friends briefly do battle over the scraps; we are far beyond any illusion of etiquette.

High season for the calçot is not until Lent, meaning that calçotadas will be taking place all over Catalonia, and other parts of Spain, in the following weeks as friends and families come together in celebration of this humble onion and the messy end that awaits it.

Special thanks to Martin and Vivi
Words © Mark Alland 2019. Images © Mark Alland & Martin Leggett 2019.
Editor: Lisa Rickett