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De un tiempo a esta parte existe cierto bullicio en la escena vinícola del oeste de Madrid. Productores selectos de vinos de garnachas de cepas viejas han estado haciendo la ola desde que dos jóvenes pioneros consiguieron los codiciados 100 puntos de Robert Parker en 2016. El premio propició algo parecido a la fiebre del oro en “el nuevo Gredos” cuando bodegas consolidadas, inversores y oportunistas del estilo, todos, se dirigieron al oeste con deseos de hacer algo grande. Todo este revuelo, sin embargo, para un hombre cuya familia había trabajado esas tierras durante décadas, representó una oportunidad de hacer lo que siempre creyó posible: buen vino.

A todo el mundo parece gustarle Juan. Había pasado la mañana en Las Moradas con Alejandro, quien al despedirse me dijo “Te gustará Juan… es encantador”. Tras diez minutos en coche, su comentario es respaldado por la amplia sonrisa de una estadounidense que se está yendo cuando yo llego a Bernabeleva: “¿Vas ver a Juan?” me pregunta. “Vas a disfrutar mucho, ¡es cautivador!” Así que cuando el mismísimo hombre aparece, me pregunto si no es una autoridad tanto en “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” como en vinos.

Vestido con unos pantalones desgastados y un jersey viejo, con barba y cabellos despeinados, es difícil echarle la edad. De inmediato me llama la atención su aura de calma, y al principio se dirige a mí en un tono de voz tan bajo que tengo que inclinarme hacia adelante para captar lo que dice, antes de darme cuenta, me lleva a un todoterreno aparcado cerca.

Partimos camino arriba y Juan empieza a contarme la historia de su pequeña bodega. Sus abuelos compraron tierras y plantaron sus primeras viñas allá por 1920, pero después de la Guerra Civil les obligaron a vender cada cosecha a la cooperativa local, que era sin lugar a dudas un poco como una mafia: un par de familias dictaban las normas por las que el resto se regía, y producían un vino bastante asqueroso; el golpe a dióxido de azufre era tal, dice, que podría haberte tumbado cuando abrías una botella.

La familia de Juan siempre soñó con hacer vino de sus propias uvas, sin embargo, los primeros intentos de su tía tuvieron resultados hilarantes. “Produjo 60.000 litros de vinagre” admite con ironía. El incidente (que casi les arruina) pasó al folclore familiar y es todavía rememorado en comidas familiares. También explica por qué cuando, años más tarde, Juan quiso recoger el testigo, su madre impuso una importante condición: que el vino fuera digno de la tierra.

Mientras me cuenta la historia se detiene varias veces; para mi sorpresa hay dos cuestiones que pueden perturbar su carácter tranquilo. Lo primero son los conejos. Este año ha traído una plaga de estas pequeñas criaturas y me muestra los márgenes de varias parcelas en las que han desenterrado las vides. Pero si está molesto con los conejos, no es nada comparable con la molestia de ver ciertos desperdicios. Y son los de los cazadores, que han debido de pasar por aquí, este fin de semana y han ido dejando latas vacías de cerveza a intervalos regulares como si fueran un rastro de migas. En un momento Juan para el coche junto a una lata ofensiva y respira hondo para recobrar la compostura. “Pensarías que siendo cazador tendrían algo de respeto por la naturaleza” dice con bastante indignación. Sospecho que si él tuviera también una pistola, los cazadores correrían más peligro que los conejos.

Su preocupación por el medio ambiente y su conservación es genuina, y le entristece mucho ver las tierras cercanas a las suyas abandonadas y cubiertas de malas hierbas. Pero el éxito ha tenido un precio. Una vez que se corrió la voz y comenzó la “fiebre del oro”, los esfuerzos de Juan por adquirir más tierras y expandirse fueron recibidos por vecinos que exigían cantidades absurdas de dinero. O más habitualmente, negándose a vender sólo porque podían, aún cuando no tenían intención de trabajar la tierra. “Hay rivalidades familiares aquí desde hace décadas, y si dices blanco ellos dicen negro. Es lo que hay” añade con resignación.

En su ordenada bodega, las cosas se hacen a la antigua usanza y, a parte de los tanques de fermentación de madera, hay poco equipamiento a la vista. Sin embargo, es difícil moverse, barriles apilados, que llevan nombres divertidos garabateados en tiza blanca, ocupan todos los espacios disponibles: “Taxista”, “Kun-fu”, e incluso “Dios” se aparece. Según catamos el Albillo Real y la Garnacha Blanca que contienen, Juan me narra una serie de interminables historias que hay detrás de cada uno, y así es cómo reafirma lo que echo en falta en las grandes bodegas – rara vez se escuchan historias en sus cavernosas salas.

De repente, al final de la primera fila llegamos a una rareza – un barril de Moscatel seco. Aparentemente, algunos visitantes se niegan siquiera a probarlo aduciendo que sus abuelos lo bebían. “Sus abuelos obviamente sabían más de vino que ellos, pero por supuesto ¡no se lo voy a decir!” se ríe. Una bocanada de su maravilloso aroma confirma que habrían hecho bien en escuchar a sus mayores: la delicada esencia floral es cautivadora. El primer año que lo hicieron se quedó abandonado en la esquina de la bodega como un hijo no deseado. Pero el destino vino al rescate cuando un grupo de visitantes alemanes tomó un sorbo, salieron a hacer unas llamadas, y de inmediato compraron toda la añada en el acto. No puedo decir que me sorprenda; si alguien puede reconocer un buen vino blanco esos son los alemanes.

Es curiosa la moda, ¿no? La interminable demanda de novedad inevitablemente supone que lo que ya era algo sabido se convierte en viejo y mal visto. En 2003 cuando el proyecto de Bernabeleva estaba en sus inicios, Juan contactó con un consultor renombrado para discutir la mejor manera de proceder, y por increíble que ahora parezca, el consejo que le fue dado era arrancar sus centenarias vides de garnacha y plantar variedades internacionales como Cabernet y Syrah. Por suerte, tuvo buen ojo para darse cuenta de que sería una locura. Casi dos décadas después, la Garnacha está de repente de moda otra vez (no me sorprendería que Moscatel siga el mismo camino). Pero no tengo la sensación de que le importe la naturaleza voluble de la moda; después de todo esta era su herencia, y tratarla con desprecio habría sido escandaloso. De todos modos, él sólo quiere hacer buen vino.

Ahora, encantado de compartir las riquezas de su bodega, le veo literalmente trepando por los barriles para sacar vino de las esquinas más oscuras, y empiezo a tener ese sentimiento de culpabilidad que puede surgir cuando un anfitrión va más allá de la invitación. Si no eres un creyente en el concepto del “terruño”, una visita a Gredos debería ayudar a cambiar tu punto de vista. Bernabeleva produce tres Garnachas de tres parcelas distintas; son vinificadas por separado pero elaboradas del mismo modo, y con todo son tres vinos muy distintos.

Juan Diez (Izq.) con Marc Isart 2014

Cuando el vino tiene algo que decir, y este lo tiene, parece casi irrespetuoso pasar de barril en barril. Estos son vinos sobre los que deberías pararte (me atrevo a decir que merecen ser escuchados). El perfume a tomillo y bayas silvestres que emana de la copa del etéreo Carril del Rey, por ejemplo, imparte una serena homilía sobre la importancia del campo y nuestro deber de preservarlo. Perdido en este pensamiento, olvidé preguntar si su madre había considerado sus esfuerzos dignos, pero sospecho que ya conozco la respuesta.

Con todo, a pesar del bullicio y de los grandes premios, otro enólogo local me confió que era más fácil vender su vino en EE.UU. que en España. Alejandro lo ratificó: en cualquier otra región vitivinicultora del país, la gente local es fiel al vino de su zona, pero los madrileños se decantan más por Rioja o Ribera. “Si sólo un 1% de la población de Madrid comprara una botella de nuestro vino al año, entonces agotaríamos existencias” concluyó. Para Juan, que exporta el 40% de su producción a los Estados Unidos, es un tema deprimente “dos tipos saldrán por la noche y se gastarán felizmente 20€ bebiendo Heineken, pero los mismos dos tipos te dirán que una botella de mi vino es cara” se lamenta.

Hay oro que encontrar en Gredos, tal y como Bernabeleva y otras bodegas han demostrado, pero intenta contárselo a los lugareños. A veces estamos tan preocupados con encontrar donde termina el arco iris que no somos capaces de ver el tesoro que tenemos ante nuestras narices.

Agradecimiento especial a Juan Díez.
Texto Mark Alland © 2019. Editora Lisa Rickett.
Traducción Ana M.ª Serrano. Revisado por Eva Fernández.
Imágenes © Bernabeleva, cedidas con permiso. 
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