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La crisis de los cuarenta se reconoce por dar lugar a tatuajes cutres, hobbies dudosos que conllevan vestirse con lycra, e incluso despidos voluntarios, pero ¿has oído hablar de aquel que tiró todos sus ahorros en un viñedo en mitad de la nada? Con inviernos que pueden llegar a menos veinte grados, y en una de las regiones más despobladas del continente, tendrías que ser bastante temerario para construir una bodega en Cogolludo ¿no? Eso sí, primero tendrías que ser capaz de encontrarlo.

                Guadalajara no es una región conocida por su vino. Sinceramente, es difícil saber por qué es conocida en la actualidad.  Estudiantes de historia podrían haber oído el nombre en referencia a una batalla en la que el bando Republicano consiguió su única gran victoria durante la Guerra Civil, machacando a aquellos italianos entrometidos. O quizá, más comúnmente, es confundida con su homónima mejicana. Por ello, te perdono si te sorprende saber que hace quinientos años las cosas no podrían haber sido más distintas. Por aquel entonces, la Guadalajara original no era sólo muy conocida, sino que era posiblemente una de las regiones más famosas de la Cristiandad.

                En los siglos XV y XVI, bajo el patronato de la dinastía Mendoza, la región cosechó una lustrosa colección de palacios, monasterios y academias, incluyendo la que fue reconocida como la mayor biblioteca europea de filosofía grecolatina. De hecho, la capital, también llamada Guadalajara, tenía tal bullicio de escritores, poetas e intelectuales que adquirió el sobrenombre de La Atenas Alcarreña. Tristemente, estaba casi todo destinado a ser brutalmente devastado en una sucesión de guerras en los siglos posteriores. Pero para ser sinceros, el declive había comenzado mucho antes.

                Normalmente es difícil identificar el momento exacto en que la decadencia comienza, pero no aquí. 1592: ese fue el año en que Ana de Mendoza, la última de la línea dinástica, muere, y la voluble nobleza traslada sus estandartes a Madrid, llevándose con ellos todo el dinero. Las cosas nunca volverían a ser tan dichosas. Saqueada por el ejército austriaco durante la Guerra de Sucesión, unos cien años después una vengativa guarnición francesa hizo estallar por los aires muchos de los mejores edificios de la ciudad. En todo caso, como dijo una vez el escritor Arturo Pérez Reverte “nadie sabe joder a los españoles como ellos mismos”, y como prueba de ello, la Guerra Civil se las apañó para acabar con los lugares que los invasores extranjeros dejaron en pie. Fue sólo otro golpe en lo que parecía ser un largo y definitivo ocaso. Hoy, con una densidad de población media de 1,8 habitantes por kilómetro cuadrado, tendrías más posibilidades de encontrarte con tus vecinos en Siberia.

                Resulta poético que fuera su amor por la historia el que llevó a José Manuel Fuentes, fundador de la bodega Finca Río Negro, a la pequeña localidad de Cogolludo en Guadalajara. Habiendo pasado años recorriendo el país en busca de un terreno donde asentar su propia bodega, este emprendedor se tropezó con el nombre del pueblo no en un mapa topográfico, sino en uno de sus libros: las correspondencias de la corte de Juana I de Castilla (1479-1555) contenían una misteriosa referencia a ‘los magníficos vinos de Cogolludo’. Puede que no fuera más que una pequeña nota al pie de página en un vasto tomo, pero para José Manuel marcaría el fin de una búsqueda y el inicio de una aventura.

                Después de conducir una hora a través de un árido paisaje de rojizas colinas es un alivio llegar por fin al pueblo y a su encantadora plaza. Si no fuera por los coches aparcados alrededor de la plaza, uno podría fácilmente pensar que había atravesado una puerta del tiempo al pasado más lejano; así de pintoresca es la mezcla de fachadas rusticas y calles empedradas. En efecto, el rumor del agua en la fuente central, induce a imágenes de viajeros de antaño acercándose para calmar su sed y descansar sus miembros cansados al sol de mediodía. Me cuentan que las columnas que rodean la entrada del austero Palacio de los Duques de Medinaceli, que domina un extremo de la plaza, contiene vestigios de que los magníficos vinos de Cogolludo son algo más que una mera leyenda. Efectivamente, tras algo de búsqueda, finalmente encuentro racimos de uvas ornamentadas talladas e intrincadamente tejidas en la decoración gótica. Viendo mi interés, un vecino me cuenta que en una de las iglesias del pueblo la estatua de la Virgen María también está cuidando tiernamente de las uvas. Puede que no parezca gran cosa, pero si como sostiene un escritor famoso, el mejor vino proviene de lugares sagrados, sin duda es una buena señal y, como poco, demuestra que el vino fue claramente muy importante aquí en el pasado.

                De hecho, las bodegas de Cogolludo han ido claudicando durante todo el camino hasta finales del siglo XVIII cuando, devastado por el hambre y la pobreza, los agricultores dejaron de tener fe, la mayoría de la población se marchó, y nadie se molestó en cerrar la puerta al salir. Pasaron los años, los recuerdos se desvanecieron, y aunque la población del pueblo se recuperaría lentamente, nadie se molestó en replantar las vides marchitas.

                El viñedo que he venido a visitar hoy está a un paso por carretera y allí somos recibidos por el propio José Manuel. Vestido con una impecable camisa azul y con cabello blanco, luce una figura elegante. Una seguridad en sí mismo junto con un encanto fácil hacen que, a pesar de las innumerables veces que habrá contado la historia de cómo se encontró con el pasado de Cogolludo, todavía sea capaz de que suene como una aventura nueva repleta de intriga y riesgo.

                Nacido cerca de Palencia, dice que la mayoría de su niñez la pasó entre viñas. Una leyenda familiar cuenta que dio sus primeros pasos pisando las uvas de sus abuelos. Pero leyendas aparte, mientras recuerda las fiestas del pueblo, bailes y locuras de juventud, el vino nunca está lejos del corazón de sus historias. “Cuanto más viejo me hacía, más grande era la necesidad de recrear aquellos momentos… toda mi vida adulta ha sido, de algún modo, un intento de regresar al pasado” dice nostálgico, mientras nos muestra los frutos de su trabajo. Tras comprar las tierras en 1998 José Manuel establece lo que, por entonces, consideraba nada más que un experimento.    

                “Si aquí se hicieron grandes vinos en el pasado, pensé, ¿por qué no podríamos hacerlos hoy en día?”, razona. Y escuchándole hablar ciertamente parece que todo suene bastante razonable. Pero aquí está el problema: la denominación más cercana a Cogolludo es Mondéjar, que se encuentra a unos 80 kilómetros al sur y tiene, por decirlo suavemente, una dudosa reputación. Además, aparte del desafío que suponen los duros inviernos, ¿cómo demonios vas a vender vino de un pueblo en mitad de la nada? Supongo que la respuesta más sencilla es que lo haces excelente, pero por supuesto es más fácil decirlo que hacerlo, así que menos mal que José Manuel fue capaz de encontrar a un enólogo a la altura del reto. 

                La primera vez que conocí al enólogo Mariano Cabellos fue durante un curso que él organizaba, “Treinta y tres vinos en tres días” (lo sé, ¡qué dura es la vida!) Hoy, viene para ayudar a explicar qué hace esta bodega tan especial. Se muestra igual de seguro hablando sobre las ventajas de la fermentación maloláctica o sobre las causas subyacentes de la fallida línea delantera del Real Madrid, el imponente alcarreño de metro noventa también tiene un mordaz sentido del humor que puede ser difícil de entender.

Finca Río Negro

                Por lo visto, la finca se sitúa sobre un lecho de roca caliza cubierto con una capa ácida. Esto, combinado con una altitud de mil metros sobre el nivel del mar y su propio microclima, da lugar a unas uvas con una identidad propia que no sufre de falta de acidez, lacra habitual de los vinos de la España central. “Y en esta zona” Mariano nos cuenta señalando algunas de las nuevas hileras de viñas plantadas, “vamos a cultivar el mejor Syrah de Europa… ¡de Europa!” repite para darle énfasis. 

                Me rio, pero por cómo me mira parece que en esta ocasión no está bromeando… al menos en cuanto a sus intenciones. Los agricultores del Ródano norte no se ponen todavía nerviosos pero de muchas maneras su bravuconería resume el carácter de Finca Río Negro, no hay medias tintas aquí. La bodega es un pago, lo que significa que solo producen vino de sus propias uvas. Las viñas son cuidadas y recogidas a mano, antes de ser llevadas a la bodega vanguardista. Los barriles de roble francés y americano son vaciados, limpiados y rellenados cada cuatro meses para evitar sedimentos que bloqueen los poros (pocas bodegas llegan tan lejos) En resumen, se atiende al detalle a todas las áreas para conseguir el mejor resultado posible. Este es, en mi opinión, el apogeo en la elaboración del vino: un trabajo de amor, dedicación y artesanía.

                El resultado habla por sí mismo. Poco después de que saliera a la venta el primer vino en 2009, recibieron reconocimiento instantáneo, con los noventa puntos otorgados en la guía nacional de vinos, Guía Peñín. No está nada mal para ser un “experimento” Hoy, la bodega produce una gama de cuatro, desde un Gewürtraminer a una edición limitada mezcla de tempranillo y cabernet hecha con sus mejores uvas. Mi favorito es el más ligero “992” llamado así porque determina la altitud del terreno en que cultivan la misma Syrah en la que Mariano tiene puestas grandes esperanzas. En este caso, se mezcla con tempranillo para crear un vino maravillosamente equilibrado que acompañaría perfectamente casi cualquier tapa, y que exhibe una clase contraria a su modesto precio. 

                Sólo podemos imaginar cómo sabrían los vinos de Cogolludo hace quinientos años, pero no hemos de fijarnos demasiado en esto, porque me parece que intentando revivir su pasado, José Manuel ha creado sin saberlo un futuro – y a mí este me parece bastante emocionante–.

Agradecimientos a José Manuel Fuentes y Mariano Cabellos
Palabras © 2019 Mark Alland
Traducción: Ana Serrano.

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